Valores familiares, versión califato
En octubre, el tribunal especial de lo criminal de París juzgó a tres familias francesas que se marcharon al Estado Islámico, niños incluidos. Las madres recibieron penas de entre cinco y once años. Los niños ya habían cumplido la suya.
Un clan, una secta, un califato
Entre mayo y septiembre de 2014, 23 miembros de la familia Tahar Aouidate, 15 de ellos adultos, dejaron Roubaix, en el norte de Francia, para unirse al Estado Islámico: los padres, la mayoría de las hijas, sus maridos y los nietos. El turoperador fue el único hijo varón, Fodil, que ya había estado en Siria: el «gurú» de una familia a la que su hermana califica hoy de secta. Radia Selma, la menor, fue la primera en partir. En su juicio, que se abrió el 14 de octubre, describió un hogar en el que su hermano mandaba sobre sus hermanas con la bendición de su madre, y revisaba su ropa y su maquillaje antes y después del colegio al grito de «¡Inspección!».
En Siria tuvo dos hijos con un combatiente tunecino de alto rango del EI, que hoy tienen 11 y 9 años y están bajo tutela del Estado, y, según los investigadores, llevó una vida bastante cómoda hasta 2016 o 2017. Un investigador declaró ante el tribunal que acabó teniendo una visión del islam más radical que la del propio Estado Islámico. El balance familiar: su madre, una hermana y cuatro cuñados murieron en Siria, otros familiares seguirían retenidos en campos gestionados por los kurdos, y Fodil, condenado a muerte en Irak en 2019, cumple allí cadena perpetua. Las dos hermanas que se quedaron en Francia fueron condenadas por financiación del terrorismo por haber enviado dinero. Solo Radia Selma y una sobrina regresaron.
El 16 de octubre, el tribunal la condenó a ocho años por asociación de malhechores terrorista, uno menos de lo que pedía la fiscalía; ya había pasado cinco años y medio en prisión preventiva. El tribunal afirmó que juzgaba a una mujer, no a una familia, y que no la consideraba una incondicional del EI. Para el fiscal, el veneno ideológico entró en la familia a través de Fodil, y la familia lo bebió hasta la última gota.
«Tiene usted plenamente su lugar en nuestra sociedad en un futuro relativamente cercano».— El presidente del tribunal a Radia Selma Tahar Aouidate, tribunal especial de lo criminal de París, 16 de octubre de 2026
Bebé a bordo
Una pareja de Isère, en los Alpes franceses, se acercó al EI en Grenoble en enero de 2015 y se marchó en junio con su hijo, nacido en enero de 2014: un autocar hasta Suiza, un avión hasta Turquía y después Siria e Irak. Según la fiscalía antiterrorista francesa, el padre pasó por campos de adoctrinamiento y de entrenamiento con armas, y luego combatió. Dado por muerto desde 2016, aunque su fallecimiento nunca se ha acreditado, fue condenado el 13 de octubre en rebeldía a 20 años, con orden de detención. La madre se habría casado con otros tres combatientes del EI entre 2016 y 2023, año en que regresó a Francia. Fue condenada a cinco años, que cumplirá en su domicilio con pulsera electrónica. Ambos fueron condenados también por incumplir sus obligaciones parentales al llevar a un niño pequeño a una zona de guerra.
Lanzacohetes a los siete años
Vanessa Bérard, de 38 años, de la región de Lyon, cuyo juicio comenzó con el relato de su propia infancia marcada por las casas de acogida y los malos tratos, se marchó a finales de 2013 con su hijo, de 5 años, y su hija, de 2, atraída por Emilie König, la cara visible de los yihadistas franceses. En Siria se casó con el yihadista Mohamed Skalab tras un encuentro de diez minutos, y en la primavera de 2014 le disparó e hirió de gravedad en su piso de Raqqa: para impedir que desertara, según la acusación; para defenderse de sus palizas, según ella. Él desertó de todos modos, y un combatiente tunecino le fue impuesto. En 2017, sus dos hijas, una de ellas nacida en Siria, murieron en un bombardeo. Detenida tras la caída de Baghuz en 2019, pasó más de tres años en un campo gestionado por los kurdos con sus dos hijos antes de ser repatriada en octubre de 2022.
Su hijo mayor, que hoy tiene 17 años, contó ante el tribunal que la violencia fue el decorado normal de su infancia: decapitaciones públicas, mujeres azotadas, parejas arrojadas desde edificios y lapidadas. Él también lanzó piedras. A los siete años pasó ocho meses en Irak, donde un yihadista le enseñó a disparar un lanzacohetes. Un policía declaró ante el tribunal que, de los entre 500 y 550 hijos de yihadistas franceses presentes en territorio del EI, unos 150 murieron. El 23 de octubre, Vanessa Bérard fue condenada a 11 años. La fiscalía había pedido 16.
«Le robé su infancia».— Vanessa Bérard, en su juicio, octubre de 2026
Un género, no una casualidad
La yihad familiar es ya un género en sí mismo en el tribunal especial de lo criminal de París. Tras los grandes juicios por atentados, la justicia francesa se ha centrado en las «revenantes», las mujeres que se unieron al EI y regresaron: según RFI, protagonizan 18 de los 23 juicios por terrorismo previstos este año en ese tribunal. Las mujeres representaban casi un tercio de los cerca de 1500 franceses que partieron a Siria e Irak, y 176 de los 395 adultos que volvieron; 56 ya han sido condenadas. Investigadores citados por RFI consideran a Francia el país más severo de Europa con estas mujeres.
El récord sigue siendo de los Clain, la familia de los dos hermanos cuyas voces reivindicaron en nombre del EI los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París: más de 20 de sus miembros, de cuatro generaciones, se marcharon en 2014 y 2015. En septiembre de 2025, el mismo tribunal condenó a su sobrina Jennyfer a 11 años. La habían casado por el rito religioso a los 15 años, y su madre firmó su autorización de salida del país, «como si la hubiera “entregado”», admitió después la madre. Jennyfer se llevó a cuatro hijos a Siria, tuvo un quinto en Raqqa y reconoció haberlos expuesto a vídeos de atrocidades y a exhibiciones públicas de cabezas cortadas.
Mientras tanto, en Bagdad
No todos los niños del califato tienen derecho a un tribunal francés. Cuarenta y siete franceses retenidos durante años en campos gestionados por los kurdos en Siria han sido trasladados a Irak, donde pertenecer a un grupo terrorista es delito incluso para quienes nunca combatieron. Entre ellos, según uno de sus abogados, hay «jóvenes adultos»: niños llevados a Siria por sus padres. El 27 de octubre, los siete primeros fueron condenados. Seis recibieron cadena perpetua, es decir, 20 años en Irak, después de que el juez les librara de la pena de muerte por su juventud.
«Para darles una oportunidad... de enderezar el rumbo de su vida».— El juez iraquí a seis franceses miembros del EI condenados a cadena perpetua, Bagdad, 27 de octubre de 2026
El séptimo, de 24 años, fue llevado a Siria por su madre hace más de diez años. Fue condenado a 15 años. Francia sostiene desde 2019 que sus yihadistas deben ser juzgados allí donde cometieron sus crímenes, aunque se opone a la pena de muerte. Su abogada, Marie Dosé, acusa a Francia de aceptar este destino para niños convertidos en adultos que no tienen ninguna responsabilidad en las decisiones de sus padres. Sus abogados denuncian también torturas y confesiones forzadas, y a algunos se les ha prohibido la entrada en Irak tras denunciar tratos inhumanos.
En París, las madres que llevaron a sus hijos al califato recibieron entre cinco y once años. En Bagdad, un hijo al que su madre llevó allí recibió quince.

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